“Caballo de Hierro”:
El Tren que dejamos
desvanecer en el tiempo


lunes 11 de agosto de 2025
Es increíble pensar que Puerto Rico contó con un ferrocarril que le daba la vuelta a la Isla, el cual operó por más de 65 años y que libre y voluntariamente el Gobierno, de manera torpe y miope, lo echó a un lado, para dar paso a la industria automotriz, en lugar de mantenerlo y desarrollarlo de manera integrada y actualizada con el paso del tiempo.
Hoy, de aquel ferrocarril que circunvaló la Isla, solo queda el recuerdo, y en comparación, un costoso tren moderno que transcurre unos tramos en el área metropolitana.
Según la EnciclopediaPR, en una nota de Gricel Surillo Luna, esta nos narra: “En 1850 se inició un plan estatal para construir cuatro tramos de carreteras con objetivos militares, no comerciales. Sin embargo, para los propietarios y agricultores la prioridad era construir caminos para transportar rápidamente sus productos a los mercados y a los puertos. Por esta razón, buscaron por sí mismos soluciones al problema de la falta de infraestructura. Algunos empresarios desarrollaron tramos cortos de ferrocarril, pero estos esfuerzos iniciales fueron infructuosos. Los primeros proyectos exitosos fueron tranvías en las principales ciudades del país: San Juan, Mayagüez, Cataño y Ponce.
Esos tranvías fueron de sangre en Mayagüez, es decir movidos por animales, y de vapor en el resto del país. Sin embargo, dichas iniciativas no promovieron la integración económica necesaria.
En Puerto Rico no había empresarios con el capital suficiente para desarrollar proyectos de mayor envergadura.
En la década de 1880, finalmente el estado desarrolló un plan de infraestructura que incluyó una red de carreteras y un ferrocarril de circunvalación que daría la vuelta a la isla por la costa. Se esperaba que la economía pudiese mejorar sustancialmente ante la posibilidad de la disminución en los costos en distribución de las mercancías”, reza el artículo.
No fue sino hasta el 8 de marzo de 1891, cuando se inauguró el primer tramo del ferrocarril que transcurría desde el “Caño de Martín Peña” en San Juan, hasta Manatí.
Ese mismo año comenzó a operar la ruta de San Juan a Carolina; la de Carolina a Manatí y la de Manatí a Arecibo. En 1892 se inauguró la ruta de Arecibo a Camuy, en vías de alcanzar a Mayagüez.
El ferrocarril de circunvalación tomó casi 20 años en construirse, con variaciones en su plan original que contempló cuatro secciones o tramos: San Juan-Mayagüez, Río Piedras-Humacao, Ponce-Mayagüez y Ponce-Humacao.
El sistema ferroviario boricua, cuyo propietario y operador era la Compañía de Ferrocarriles de Puerto Rico, fue desarrollado bajo el denominado “Plan General de Ferrocarriles para Puerto Rico”, por la empresa de capital francés, Societé d’Entreprises et des Constructions des Colonies Espagnoles, y la velocidad de sus locomotoras, que utilizaban carbón como combustible (décadas después llegó a utilizar diesel), era de entre 12 y 20 mph. El largo de la red al finalizar la construcción abarcaba 232 millas.
Tal vez, el más emblemático de todos los tramos fue el del Túnel de Guajataca, entre Quebradillas e Isabela, construido entre 1904 y 1906 mediante dos túneles a cada lado del cañón costero que se encontraron en su centro, para viabilizar la ruta de Camuy a Aguadilla, completada en 1908.
A partir de 1902, el ferrocarril pasó a manos de un nuevo operador: la American Railroad Company of Puerto Rico, hasta 1947, cuando entró en escena su último operador, que fue la Puerto Rico Railroad and Transport Company, hasta su cierre total en 1957, cuatro años después de su último viaje para pasajeros en 1953.

Añoranzas de otro Puerto Rico:
El tren formó parte de un Puerto Rico pobre, pero pujante y emprendedor.
Llenó las expectativas de modernidad, cuando solo habían carretas, y cuando estas competían con los primeros y escasos vehículos de motor. En él transcurrían las mercancías, la caña, los empresarios, los soldados, los sueños y los enamorados. En él viajaban los nuevos turistas de la montaña, allegados a la costa, en un viaje soñado, planificado, luchado e inolvidable.
No había un puertorriqueño que no tuviera su encuentro con el tren, bien fuera en un caluroso y pintoresco viaje real o imaginario.
El tren era más que un transporte, era un boleto a la vida, a ver “mundo”, a salir del marasmo, a aspirar a ser lo que se podía y lo que no se podía también.
Una “muchacha” de 75 años, me contó que cuando niña le temía al paso de la “quema pasto”, que era una locomotora que lanzaba llamas a lado y lado quemando la hierba y pasaba por las vías detrás de su casa en las noches.
En un interesante blog denominado “Redescubriendo a Puerto Rico”, escrito por Héctor Ruiz, se reseña una interesante entrevista realizada por “Charlie” Aguilar del Periódico El Mundo (1919-1990), a los maquinistas del ferrocarril, Pedro Molina y Guillermo Lacomba, y me llamó mucho la descripción de los horarios.
Lacomba, natural de Hatillo, quien al momento de la entrevista en 1981 tenía 72 años, nos describe el horario en la década del 40 del “Caballo de Hierro”, como los boricuas le llamaban al tren.
“El tren número 1 era el diurno. Salía a las 7:00 a.m. de San Juan, llegaba a Arecibo a las 10:00 a.m., a Aguadilla al mediodía, a Mayagüez a las 2:00 p.m. y a Ponce a las 5:00 p.m.”
Imagínese usted, un viaje de San Juan a Ponce de 7:00 a.m. a 5:00 p.m. Es decir, 10 horas de viaje, pero no de cualquier viaje, sino uno de aventura ya que habían 34 estaciones alrededor de la Isla y en cada una se detenían por un momento los trenes correspondientes, facilitando no tan solo la entrada y salida de pasajeros, sino el intercambio de mercancías: “Dulces de coco en Vega Baja, los pececitos de colores y los quesitos de hoja en Isabela, los mangotines en Mayagüez, las quenepas en Ponce…”
Con ese intercambio se llevaba historia y folklor de la costa a la montaña, de donde bajaban y subían sus pasajeros, algunos descalzos con algún saco en mano y otros emperifollados y hasta con enormes maletas.
Otro dato interesante de la entrevista de Aguilar, fue el que trajo Molina: “Estos trenes le sirvieron de reloj a la gente que vivía a lo largo de la ruta. En las horas de la noche el silencio permitía que el pito del tren se oyera en los distantes campos. Durante las noches el silbato servía de despertador o bien de indicador de la hora a los desvelados; por el día, para no pocas amas de casa era la señal para empezar a preparar la comida. Muchas fueron las veces en que los almuerzos salían tarde, porque el tren se demoraba.”
Sobre el ferrocarril boricua podemos seguir escribiendo docenas de artículos, cientos de páginas, libros…
El ferrocarril se llevó consigo una parte importante de nuestra historia, pero no los sueños y perseverancia que hicieron posible el Puerto Rico de hoy, dinámico, competente, emprendedor… aunque nos falte el tren que circunvalaba la isla y que dejamos desvanecer en el tiempo.
El autor es periodista acreditado por el Departamento de Estado de Puerto Rico
Miembro de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO)
Miembro de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ), Wa.DC


