COLUMNA DE OPINIÓN

Languidecen en el olvido

casas cuna de nuestra historia

Ramon Emeterio Betances Jose de Diego
foto articulo Javier Cesani Roman1c
lunes 19 de mayo de 2025
En los aniversarios de Ramón Emeterio Betances y José de Diego publiqué en mi red social sobre sus abandonadas casas mayagüezanas, que en un momento dado tuvieron hasta fondos designados para grandes restauraciones. Proyectos que fueron víctimas de convulsas situaciones de nuestra compleja siquis.

Mi sorpresa fue el llamado, como un padre, del poeta nacional Dr. Hamid Galib a sus amistades nacionalistas, quienes ignoraban estas decaídas casas.

Al Doctor Betances siempre se le reconoce como caborojeño y «Padre de la Patria», sin embargo, cabe destacar su fase como el médico que llega a Mayagüez con la encomienda de dirigir el recién establecido hospital de los pobres, el cual se convertiría en el Hospital San Antonio.

La oportunidad de demostrar su calibre como médico, le llega junto a su amigo y colega, Dr. José Francisco Bassora, ante el reto que representó la epidemia del colera morbo en la isla (1855-1856).

Se cree que establecieron un record atendiendo a miles de pacientes de esta enfermedad, en el balcón y sótano de la casa de Betances, en donde el galeno estableció su despacho médico, ubicada en el antiguo camino nuevo y luego calle Post.

Esta casa recibió el castigo del terremoto San Fermín del 1918, siendo necesario eliminar su altura de ladrillos, y en su decoración de fachada, una serie de estrellas semejantes a la abanderada.

Sus cimientos, balcón y sótano fueron el refugio de los suspiros médicos de Betances y Bassora.

Irónicamente, la casa que sobrevivió a los huracanes María y Fiona, incluyendo el terremoto del Día de Reyes, sucumbe ante el comején y la indiferencia.

De otra parte, la «Casa Solariega», denominada así por el Lic. José de Diego Martínez, era de su medio hermano y casi padre por orfandad, el alcalde Santiago Saenz Martínez.

Saenz era dueño de la finca «La Pomarosa», que tanto inspiró al joven poeta «Pepe» de Diego, nacido en Aguadilla, pero su crecimiento transcurrió en la mayagüezana calle Liceo, nombre que se le debe al legendario Liceo San Juan, donde estudió un neófito Eugenio María de Hostos.

Esta gran casona yace con yagrumos retorciendo sus ladrillos y una gomera vecina en función de almacén.

Y no se trata solo de lamentarse o pensar en millones para actualizarlas, sino darles respeto, cariño y mantenimiento, con la simpleza y sabiduría de un albañil y un carpintero.

Detener el daño y deterioro de este patrimonio histórico y cultural, es tan fundamental, como apremiante. Luego se pueden implementar los grandes planes de restauración para un museo funcional, merecido y necesario.

El autor es historiador con sobre 20 años de experiencia en administración de museos, tales como: Museo Eugenio María de Hostos, Museo Casa Grande y Museo Pilar Defilló. Conferencista sobre la función de los museos en la sociedad y sobre la vida de Eugenio María de Hostos.

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