Fin de una “emergencia”

que nunca existió

El título de este editorial seguramente sacude a muchos que están convencidos de que en efecto estuvimos ante una emergencia de salud de magnitudes mayores sin precedentes.
Recuerdo el debate científico, a favor y en contra de la vacunación y los decretos pandémicos, moderado por este periodista, entre el Dr. Fernando Cabanillas y el Dr. Michael González, en donde le pregunté a Cabanillas si nos encontrábamos en una emergencia, y éste, después de describir los elementos que constituyen una emergencia de salud, y para sorpresa de todos, me respondió: “La contestación es muy sencilla: No, no estamos en una situación de emergencia ahora mismo… Nunca hemos llegado ahí (a una emergencia de salud por COVID-19)… Nunca hemos estado en una situación de emergencia”.
La respuesta creó revuelo en las altas esferas, y los medios del país, siguiendo su agenda monolítica de solo publicar el discurso oficialista de su cliente estelar, el gobierno, no se hizo eco de aquel trascendental testimonio, de boca de uno de los embajadores precisamente de ese discurso.
En esa ocasión, Fernando tuvo el valor y la entereza de enfrentar la pregunta y responder con la verdad. Y ahí está en record, tanto para sus fieles seguidores, como para sus detractores; y para las futuras generaciones que estudien con lupa esta coyuntura histórica.
Ahora, tras la firma del presidente Joe Biden sobre la ley que pone fin a la “emergencia” provocada por la plandemia del COVID-19, y como en un cuento de hadas, todo aquel discurso de terror queda atrás.
Atrás quedará paulatinamente: el recuerdo; las violaciones de derechos; los entuertos que sostuvieron todo el andamiaje pandémico de una emergencia inexistente; la bonanza producida por los fondos federales que hicieron perder la cordura, la lógica y la decencia de muchos, en todas direcciones; las voces de los llamados “antivaxers” reclamando vehementemente dignidad y justicia; atrás quedará el daño producido por un vil experimento sobre la población forzada a inocularse con una sustancia tóxica, vendida como panacea, ocultándole de manera sistemática y premeditada los datos más importantes para un consentimiento informado.
Algunos dirán Santiago Gabrielini, pero dónde dejas a los miles de puertorriqueños fallecidos.
Y la respuesta es: ¿Alguna vez supiste, te enteraste o entendiste que el COVID-19 tiene menos de un 1% de mortalidad? ¿Sabes cuál es la mortalidad de la influenza, el dengue o la pulmonía?
¿Cuantas muertes que se le atribuyen al COVID nada tienen que ver con dicha enfermedad? Mira este caso.
A usted se le ocultó información a cambio de dinero en medio del frenesí pandémico.
Sin embargo, una cosa es la fiesta, y otra muy distinta la jaqueca después de la fiesta.
Termina la plandemia y la “emergencia” que nunca comenzó, pero apenas comienza el tortuoso camino de sus resultados.