COLUMNA DE OPINIÓN

El fruto de lo que sembramos:

Un país con miedo

martes 4 de junio de 2024

Todos los seres humanos han tenido miedo en alguna etapa de la vida.

El miedo comienza en la niñez, cuando algunos padres inclusive le inculcan a sus hijos la existencia de seres extraños, esto para hacer que sean obedientes y se adapten a las reglas del hogar.
A menudo sentimos miedo cuando percibimos una amenaza, ya sea real o imaginaria.
Esta puede ser una sensación muy incómoda e incluso paralizante. El cuerpo se prepara para huir o para luchar.

No solamente hay personas que padecen de miedo extremo, en ocasiones, un país entero puede padecer de miedo crónico e incurable.
Esa es la situación que atormenta a Puerto Rico.

Nuestro país siempre ha estado dominado por otro imperio: Primero España, y luego Estados Unidos.
La función de los imperios es drenar los recursos económicos de sus colonias.
En realidad, Puerto Rico siempre ha sido un país pobre.

Tenemos miedo a ser libres. Nuestra pobreza está acompañada por una pobre educación, pobre servicios de salud y pobre seguridad en nuestras calles y urbanizaciones.

Cerca de la mitad de nuestra niñez vive en hogares pobres. Un gran por ciento de los hogares son manejados por mujeres solas, hogares, donde el padre está ausente a ‘motu propio’, fue asesinado o está en la cárcel. Lo cual podría servir de puente o tentación para que jóvenes entren al mundo de las drogas, lo cual a su vez crea un ciclo en espiral que aumenta la criminalidad.

Como resultado, la población de adultos y adultos mayores temen a la criminalidad, a los asaltos, robos de autos a mano armada (carjackings), tiroteos de carro a carro, secuestros, extorsiones, a la impunidad en los crímenes… Le temen a no poder pagar la luz, miedo de las embarazadas a no conseguir un obstetra, etc. Son muchos los temores expresados por la ciudadanía.

Pero los miedos que más preocupan son aquellos producidos o expresados por los profesionales, por los educados.
Aparte de los problemas con las aseguradoras, que aumenta el éxodo de médicos hacia Estados Unidos, existen otras razones para ese éxodo, y una de ellas es el temor.

Los médicos son continuamente demandados, utilizando peritos norteamericanos, que vienen a la colonia de Puerto Rico, donde no se regula su ingreso a nuestro país, y en ocasiones vienen a mentir.
Sorprendentemente algunos jueces aceptan esas mentiras como ciertas, meramente, porque las pronuncia un norteamericano, muchos de los cuales pretenden ser superiores al colonizado.

Esas demandas conllevan un aumento en las primas por responsabilidad profesional de los médicos, por lo que muchos optan por marcharse del país.
Los médicos comienzan a hacer medicina defensiva, que encarece los servicios médicos.

En algunos casos, los tribunales pretenden saber más de medicina que los médicos, y cuando eso ocurre los abogados no se atreven a defender a esos médicos en contra de las injusticias de los tribunales.
Es realmente insólito que los abogados le teman a la judicatura, lo que demuestra que los abogados piensan que los jueces pueden decidir, no por lo que es justo, sino por discrimen o prejuicios.

Sabemos que los abogados no toman decisiones finales, esas decisiones las toman los jueces.
Al parecer, los médicos son más felices que los abogados y los jueces, pues nunca rehúsan tratar a estos últimos.
Sin embargo, los abogados sí le causan infelicidad a los médicos, cuando los demandan frívolamente.
Los jueces no pueden o no deberían sentir felicidad cuando emiten un fallo judicial que es contrario a derecho o que posteriormente pueden llegar a comprender que se apartaba de la verdad.

Retornando al sustantivo del temor, en el Tribunal Supremo de Puerto Rico hay una vacante que aún no se ha llenado.

El recién derrotado gobernador, el ciudadano con más poder en el país, le tiene miedo al poder del Senado y me explico: El aún gobernador tiene la responsabilidad de someter el nombre de un juez para llenar esa vacante, sin embargo, hasta el día de hoy, cuando escribo esta columna, ha rehusado hacerlo, porque teme que el Senado no lo confirme. ¡¡El puertorriqueño con más poder también tiene miedo!!

El Senado tiene el deber de evaluar los nombramientos que se le someten, confirmarlos o rechazarlos; ese es un deber ministerial que no puede evadir.

Montesquieu dijo, “Debemos aspirar a tener una sociedad en la que ningún ciudadano le tema a otro ciudadano”.
¡¡Qué lejos estamos de esa realidad!!

El autor es médico cirujano, exsecretario del Departamento de Salud de Puerto Rico, expresidente del Colegio de Médicos Cirujanos, exdirector del Departamento de Cirugía de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico y un estudioso a motu proprio del derecho.