El cuento de nunca acabaLa corrupción y el proceso:de“decepción” de un pueblo

Puerto Rico se ha mantenido desde hace varias décadas en una espiral de señalamientos por corrupción gubernamental, esto en los casos más sutiles de la gráfica, y de escandalosos arrestos de figuras públicas, que le han fallado a la maltrecha e irreparable confianza del pueblo. Esto en una especie de ruleta, que pareciera ser imparable, bien sea por mérito propio o por agentes externos.
Administraciones van y vienen, y el problema de la corrupción gubernamental no cesa, como si se tratara de un vicio o una enfermedad perniciosa y terminal, sobre el cuerpo administrativo de un país.
¿Qué en todos los países hay esto? Claro que sí, pero Puerto Rico ocupa una posición destacada en el hemisferio y lidera las jurisdicciones estadounidenses a nivel de gobierno central y sus dependencias, con mayor número de casos de señalamientos y arrestos debido a este flagelo.

Ha llegado a nuestros oídos confidencias de que en las próximas semanas vienen más arrestos. Nos llega a nuestros oídos el nombre de un alcalde, un exalcalde y de un exfuncionario vinculado a éste.

No es la primera vez que me expreso en torno a este tema recurrente; y cada vez que lo hago, surge un conato de lluvia de chinches, al repetir que el problema y la culpa no es esencialmente de los políticos, sino del pueblo.

¿Cóoomo? Pues bastante sencillo: surge de mi teoría, que siendo el caso que los políticos puertorriqueños no provienen de Marte, nacen y se crian en nuestros barrios, se presentan en sociedad en vis-tosos carruajes con muchos caballos de fuerza y sendos sistemas de audio, avalados, empujados hacia arriba y respaldados por el pueblo en las urnas; la llaga es el político, pero el problema es del cuerpo que padece la enfermedad. Y ese cuerpo, es el pueblo de Puerto Rico, en donde permea una cultura de corrupción que emana desde los hogares con las losas más pulidas y cunas de marcas finas, hasta el barrio más pobre, repre-sentado bajo el estigma social por los residenciales. Que “by the way”, nada tienen que ver con el sello que le ponen a un sector de sus moradores.

El problema de la corrupción gubernamental en Puerto Rico, es un problema social que no puede ser atendido por el mismo que lo padece. Comienza en el hogar, pasa por el colmado y comercios, descansa en los parques, cruza hasta las iglesias, lo mismo en sábado que en domingo, y descansa, más allá de los hogares, en pasillos, alcaldías, Capitolio y en La Fortaleza. En donde la proyección de pulcritud, le da carácter oficial a la comedia.

No es un problema de fuerza gravitacional que percole de arriba hacia abajo, sino un serio problema que emana de abajo hacia arriba. Y no se entiende.

El padre y la madre le enseña al niño o la niña, a no dejarse mangonear por otros, a meterle una garnatá al compañero a la menor provocación, sin antes notificar a las autoridades escolares; y si el niño se lo dice al padre o la madre, hasta la escuela llegan estos a vociferar y repartir fuete: Eso es corrupción social.

Colarse en la fila o sin mérito alguno y a base de “palas” para alcanzar un objetivo, son sinónimos de ser listo en la cultura puertorriqueña: Eso es corrupción social.

Comprarle a sabiendas y a precios ridículos los aros del carro, la prenda o el celular, al ladrón de carros o el escalador de hogares para lucrarse a cambio de su vicio: Eso es corrupción social.
Cambiar los cupones de alimentos por dinero en el colmado del barrio: Eso es corrupción social.

Así podemos mencionar diez o doce puntos adicionales que forman parte del folclor boricua y el amplio prisma de la corrupción que deteriora el carácter y son la preparatoria de donde sale el político a realizar sus “sanos oficios” y su “responsabilidad vicaria”.

De manera, que con toda probabilidad, podríamos estar hablando de mejorar en algo el problema de la corrupción gubernamental, cuando comencemos a corregir el problema de la corrupción social que nos consume en un sálvese quien pueda, y que obliga a pensar en primer lugar reparar la cunita que sirve de incubadora al político corrupto.