NOTA DEL DIRECTOR
¿Quién previene el pensamiento
criminal? ¿La Policía?¿El
gobierno o quién?


miércoles 30 de septiembre de 2026
No hay que escribir muchos párrafos para responder las preguntas formuladas en el titular: el pensamiento criminal emana del individuo.
Vamos desde el principio y de manera breve. Los criminales, al igual que los corruptos en Puerto Rico, nacen y se crían mayormente en Puerto Rico. Rara vez provienen de otras jurisdicciones y ninguno proviene de Marte.
El pensamiento criminal va más allá de apretar un gatillo, hundir un puñal o blandir un machete.
La delincuencia y la corrupción, en sus amplios espectros, son parte del pensamiento criminal que moldea vidas.
A grandes rasgos, el modelaje de las autoridades familiares, padre, madre, tíos… las comunitarias, escuelas, vecinos… y las gubernamentales, que inciden en el desarrollo del carácter y el pensamiento, están mayoritariamente trastocadas, profundamente distorsionadas y me atrevería a decir que, irreversiblemente desacreditadas.
Cada vez que surge algún crimen ejemplar, salen personalidades de los medios, figuras políticas y otros actores, con intereses específicos, a señalar y cuestionar al gobierno de turno por los actos criminales ejecutados por ese criminal.
Sin embargo, son los medios los que transmiten películas violentas que derraman sangre por las pantallas, en medio del culto a la violencia, que vende el rating, que es lo que al final del embudo parece importar. Además de mantener la dicotomía y el doble discurso, haciéndose pasar como los más preocupados, algo que también le produce rating y ganan comoquiera, mientras la sociedad se hunde cada vez más en la violencia y el pensamiento delictivo y criminal.
Hablamos de una sociedad violenta, distorsionada, que aplaude que Don Miguel ejecute a tiros a un joven de 21 años, padre de una niñita de dos años y no cumpla ni un día de cárcel, bajo la alegada historia o novela creada enarbolando una «prevención» que lo justifica, para que el muchacho dizque no matara a su hija; mientras celebra que Elvia Cabrera, que literalmente no ejecutó a nadie, sino que alegadamente le pasó a su hija y asesina confesa un arma punzante, termine cumpliendo 103 años de cárcel. De esa sociedad hablamos. De esa justicia hablamos.
De esa escuela en la casa, y de esas conversaciones e imágenes, que entran por ojos y oídos de los menores, es que estamos hablando. Sumado a videojuegos, influencias de amistades, reforzado por «honorables» que caen presos, si es que los cojen y no terminan saliendo por la puerta ancha de las influencias políticas y favores entre corruptos.
En ese caldo de cultivo social, transcurre la vida del puertorriqueño, sumado a grandes abismos que hacen patente las desigualdades sociales, enmarcadas en la precariedad y el rezago, en medio de un culto a la vanalidad, la fama, el materialismo y el sálvese quien pueda.
El asunto, el juego, el meollo, no es ser o no ser delincuente, criminal o corrupto, sino no lucir como uno y que al final no te cojan.
Lo más preocupante, y para colmo de males, es que suele ser presentado de manera solapada, sutil y cotidiana, como una fortaleza, un ingrediente útil y una herramienta para el éxito y la supervivencia.
Sin duda, el pensamiento criminal emana del individuo, reforzado por su crianza, entorno, tendencias, ideosincracia y otros muchos factores, cuyo detente o solución va más allá de un biombo azul, un número de caso en una agencia de gobierno o un oportunista y ocasional programa de radio o televisión.
Una visión optimista, habla de soluciones; una visión realista, habla de mitigación; y la abuela habla de que es tarde para ablandar habichuelas.
El pensamiento criminal vive, respira, es parte del ADN de nuestra sociedad y todos estamos sentados, echando chistes, sobre la misma bomba atómica que ayudamos a construir. Porque la tolerancia; el silencio; el mirar para otro lado; el echarle culpas a otros, por no hacer lo que como unidad social podemos hacer; el todo se vale para aplastar y vencer al adversario; el participar de manera proactiva de botines ilegales grandes o pequeños; el comprar, disfrutar o compartir el fruto del saqueo y el dolor ajeno; el regalar violencia; el hablar violencia; el sintonizar violencia; es parte de construir crimen, delincuencia y corrupción.
El autor es periodista acreditado por el Departamento de Estado de Puerto Rico
Miembro de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO)
Miembro de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ), Wa.DC




