COLUMNA DE OPINIÓN

Nuevas guías nutricionales:

cuestionable enfoque

en retroceso

vicepresidenta Kamala Harris
foto Maribel Pastran

jueves 22 de enero de 2026

El año 2026 dio inicio con un sorpresivo giro en torno a la política pública alimentaria del gobierno de Estados Unidos, cuando el pasado 7 de enero se anunciaron las nuevas guías y pautas dietéticas que regirán programas e iniciativas federales por los próximos cinco años.

Comenzemos por el principio: Las Dietary Guidelines for Americans (DGA), 2025–2030 son las recomendaciones oficiales del gobierno de Estados Unidos sobre cómo debería alimentarse la población para mantener la salud y prevenir enfermedades.

El documento, bajo esta nueva versión, incluye mensajes positivos, como promover el consumo de alimentos más naturales, reducir los ultraprocesados, el azúcar añadida y la sal, así como aumentar la fibra para cuidar la salud intestinal. Sin embargo, cuando se analizan con más detalle, estas guías presentan inconsistencias importantes que generan preocupación entre profesionales de la nutrición.

Uno de los puntos más problemáticos es el manejo de las grasas saturadas. Las guías indican que estas no deberían superar el 10% de las calorías diarias, pero al mismo tiempo promueven alimentos naturalmente altos en este tipo de grasa, como la mantequilla, la carne roja, el sebo de res y los lácteos enteros. Esto resulta contradictorio, toda vez que el consumo frecuente de estos alimentos se ha asociado con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Esta inconsistencia no solo ha sido señalada por críticos externos, sino también por la Academy of Nutrition and Dietetics, la principal organización profesional de nutrición en Estados Unidos, lo que debilita de manera importante la solidez técnica del documento.

Otro cambio relevante es el aumento en la recomendación de proteína. Las DGA elevan la recomendación desde 0.8 g/kg de peso corporal hasta 1.2–1.6 g/kg. Si bien este rango puede ser adecuado para atletas o personas con necesidades específicas, es probable que sea innecesario para gran parte de la población general. La recomendación de 0.8 g/kg proviene del Recommended Dietary Allowance (RDA), diseñado para cubrir las necesidades básicas de la mayoría de las personas sanas. En cambio, el rango de 1.2–1.6 g/kg surge principalmente de estudios en nutrición deportiva y poblaciones especiales.

vicepresidenta Kamala Harris

El problema es que las DGA 2025–2030 combinan ambos enfoques, sin hacer una distinción clara, lo que puede generar confusión, tanto en educación nutricional, como en políticas públicas. Además, al no enfatizar de forma suficiente las proteínas, estas recomendaciones podrían favorecer un mayor consumo de alimentos ricos en grasas saturadas.

En relación a esto, las guías dan poco protagonismo a las proteínas de origen vegetal; y aunque se mencionan alimentos como habichuelas, lentejas, nueces y semillas, el mensaje general sigue priorizando las proteínas animales.

Numerosos estudios muestran que las dietas basadas en plantas pueden ayudar a prevenir enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer, en gran parte por su alto contenido de fibra y compuestos protectores. Sin embargo, esta evidencia no se traduce claramente en recomendaciones prácticas.

Por otro lado, las nuevas guías parten implícitamente del consumo universal de lácteos. Este enfoque ignora una proporción significativa de la población, que no los incluye en su alimentación, ya sea por intolerancia a la lactosa, motivos culturales o decisiones personales. Como resultado, las recomendaciones pierden la aplicabilidad y equidad para una parte relevante de la población.

Otro punto que puede generar confusión es la afirmación de que “las personas altamente activas pueden beneficiarse de un mayor consumo de sodio para compensar las pérdidas a través del sudor”. Esta afirmación es parcialmente correcta, pero sólo aplica a situaciones muy específicas, como atletas de resistencia o personas que entrenan durante varias horas en condiciones de calor intenso. Para la mayoría de la población, que ya consume sodio en exceso y no realiza actividad física de esa intensidad, este mensaje no es relevante y puede resultar incluso perjudicial si se interpreta fuera de contexto. Incluir esta recomendación en guías generales puede confundir al público y afectar negativamente la salud pública.

vicepresidenta Kamala Harris
También se observa un cambio importante en la forma de abordar el consumo de alcohol. Las guías eliminaron los límites específicos que antes recomendaban hasta una bebida al día para mujeres y hasta dos para hombres, y los reemplazaron por una recomendación general de “beber menos”. Aunque la intención puede ser reducir el consumo, esta indicación ofrece poca orientación práctica y no toma en cuenta que hombres y mujeres metabolizan el alcohol de manera diferente.

Existe además una clara diferencia entre lo que dicen las guías en el texto y lo que comunican sus gráficos. Mientras el texto destaca la importancia de consumir más frutas, verduras, granos integrales y alimentos ricos en fibra, el gráfico vuelve a utilizar una pirámide inversa que coloca a los carbohidratos complejos, como los granos integrales y las legumbres, en una posición menos destacada. Esto puede reforzar aún más el estigma negativo asociado a los carbohidratos en general.

La representación sugiere que su consumo debe ser mínimo, sin diferenciar adecuadamente entre granos o cereales refinados y carbohidratos complejos. Además, al ubicarlos en la punta de la pirámide, se transmite la idea de que son los menos recomendables, a pesar de que los carbohidratos complejos aportan fibra y otros nutrientes esenciales.

Al mismo tiempo, las grasas saturadas y los alimentos de origen animal aparecen representados de forma más normalizada. Por ejemplo, mostrar un pollo entero puede dar la impresión de que se deben consumir grandes cantidades, en lugar de porciones adecuadas, y representar la carne roja cruda en vez de cocida puede generar mensajes visuales confusos. Es importante señalar que la carne cruda o poco cocida, consumida por algunos en términos como “rare”, no debería recomendarse, ya que aumenta el riesgo de exposición a patógenos como bacterias y parásitos, lo que puede resultar dañino y potencialmente peligroso para la salud. Esto es relevante porque muchas personas interpretan primero los gráficos antes que el texto.

Otro cambio llamativo es la eliminación de MyPlate, un modelo visual que mostraba un plato dividido en secciones y que ayudaba a las personas a entender de forma sencilla cómo debería verse una comida equilibrada. MyPlate era especialmente útil porque reflejaba cómo comen las personas en la vida real. Su eliminación no parece responder a nueva evidencia científica, sino a un cambio en la estrategia de comunicación del mensaje oficial.

Desde el punto de vista práctico, estas guías también resultan difíciles de aplicar en contextos reales como escuelas, hospitales y programas de asistencia alimentaria. Muchos profesionales de la nutrición han señalado que es complicado promover la prevención de enfermedades cuando las recomendaciones envían mensajes mixtos sobre qué alimentos deben limitarse.

En conjunto, aunque las DGA 2025–2030 tienen buenas intenciones, presentan contradicciones que justifican que los profesionales de la salud las utilicen con cautela y continúen priorizando patrones alimentarios basados en plantas, ricos en alimentos integrales y bajos en grasas saturadas.

Finalmente, es importante considerar quiénes lideran y dan forma al mensaje de estas guías. El documento fue desarrollado bajo el liderazgo del USDA y el DHHS, y utiliza un lenguaje que habla de “volver a la comida real” y de “reclamar la pirámide alimentaria”. Este enfoque sugiere que el cambio no es únicamente educativo, sino también político.

El regreso a la pirámide y el énfasis en carnes y lácteos parecen alinearse con modelos tradicionales históricamente vinculados a intereses agropecuarios, especialmente de la ganadería y la industria lechera. Esto reduce el peso del consenso experto independiente y refuerza la percepción de que las decisiones finales responden más a prioridades institucionales y económicas que a la mejor evidencia científica disponible.

Desde una perspectiva histórica, este giro resulta aún más evidente. Entre 1956 y 1979, el USDA promovió el modelo de los Cuatro Grupos de Alimentos para prevenir deficiencias nutricionales. En 1992 introdujo la pirámide alimentaria original, que buscaba ordenar los alimentos por cantidad y frecuencia. En 2005 se presentó MyPyramid, que resultó poco clara y difícil de usar. En 2011, con MyPlate, se logró un avance importante al ofrecer un modelo más intuitivo y realista. Sin embargo, en el periodo 2025–2030, estas mismas agencias han decidido abandonar MyPlate y regresar a una nueva versión de la pirámide, lo que refuerza la idea de que el cambio responde más a decisiones institucionales, que a una evolución basada estrictamente en nueva evidencia científica.

En conclusión, las Dietary Guidelines for Americans 2025–2030 muestran una desconexión clara entre la evidencia científica disponible, el mensaje visual que comunican y su aplicación en la práctica clínica. La Academy of Nutrition and Dietetics ha reconocido que partes importantes del documento no están alineadas con el conocimiento científico actual, especialmente en lo relacionado con grasas saturadas, el énfasis en alimentos de origen animal y la falta de apoyo práctico a las dietas basadas en plantas. Desde una perspectiva dietética y de salud pública, esto representa un retroceso respecto a MyPlate y una pérdida de coherencia pedagógica, científica y ética.

La autora es dietista y nutricionista registrada con más de 20 años de experiencia en instituciones de salud en Puerto Rico y Estados Unidos.

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